Alguien
ordena hueco,
señala cómo,
adónde.
Nunca ví la iglesia
abandonada.
Lleno todo, todo
lleno de inglés
-no dice ni
mú-.
Repleto de ingles
frígidas. Piensan luego
existen
sin sudar
casi
sin sufrir.

Roca


Que el musgo crezca.
Cubierta
por líquen blanco
de nada y años.
Apenas
crujir
viento en las grietas:
Quejido de entrañas y sueño.
Cosas imposibles horadan el suelo
y no hay más que
caer
rota.

un blanco

Apuntás y disparás

a un blanco

atrás de mí:

Un lugar que no veo está en tus ojos.

Sos misterio de noches

y mi nombre

se tuerce en tus labios.

Estás en los límites

del odio y el amor,

fuego

y destino.

Si dijera “padre” no diría

todo.

Hay más.

Todo

es lo que no entiendo.

Hundo

mis manos en tu pelo

y te veo

hablar desde tan lejos.

Música que enciende

mi cuerpo de siempre hija.

Formas y distancia

nuestro encuentro

de verse sin ver,

de jugar adivinanzas

entre espejos.

Todo

es el tiempo

-todos mis años-

en que miraste otra cosa

mientras yo

aquí.

Siempre niña, siempre hija,

siempre

te espero.















MUDA




Cuervos blancos



-que no dicen nada-



vienen a mí.



El día



se interpone como noche



de la noche.



Hielo seco burbujea



entre nubes,



ciega el sueño de ir



en reflejo, sombra. Luz



maldita: Desnuda



el cuerpo inhabitado,



señala como un dios



canoso, claro,



ausencia de alma



bajo el vello. Transparento



-como muerta a la intemperie-



no espero más que gusanos



igual de pálidos y mudos.




Entonces ramas mueven



el viento



-dedos oscuros tocan-.



Con ojos comidos



de vacío vibro



en aire



y me pierdo.


































Almidonar los latidos


Almidonar los latidos, que suenen

exactos,

sincronizados;

impedir el sobresalto,

la angustia:

Vivir así en calma, sonreír cuando se debe

y no sentir

dolor

de sonreír sin sentido.

Querer sonreír sin sentido,

querer amar

en calma. Ser medida,

sin llegar a fría

o por ahí un poco.

Un poco muda

y otro

sorda.

Ser suficiente para mí.

Tenerme segura,

tenerme colmada,

tenerme saciada,

no importunar.

No importunar con reclamos

sin sentido:

“Vivir y dejar vivir”.

Eso, vivir,

no morir sin

¿quién?

No morir

por ningún motivo

sino después de haber

trabajado,

después de haber amado

con medida

y por medida

tener hijos,

tener techo

y ser limpia.

Querer todo eso

con toda el alma.

Tener alma,

velorio

y entierro.

Y mientras:

cantidad razonable de amigos razonables,

con relaciones corteses,

impecables bajo el ojo

de la madre. Que siempre es madre.

Cuya vagina

tiene el poder de crear lazos

más fuertes que el amor,

más fuertes que entender:

Lazos carnales

que son el suelo de todos

y cuyo desprecio

se torna sospechoso porque

¿Cómo no amar a tu madre?

y cómo no a tu padre,

y cómo no a tu abuelita.

Habiendo salido de aquella carne

que guardó tu carne

y seguro guarda

tu mente,

con primoroso cuidado,

para ser como se debe

-cada día-

y almidona tus latidos

-cada noche-.

Por esas noches en que una sueña.

Cosas posibles,

locas,

inconvenientes.

Que es mejor

olvidar.

Máscara con máscara

Aquí atrás
sobra espacio.
El hueco en lo hueco
acecha
palabras.

No hay qué decir.
Digo
por un no se qué
del silencio.
No hay qué saber.
Desmembrada
aspirada por lo que no hay.

Atrás
no existo.
Juego aparecer,
inquieta
fantasma. Soy
lo que ve
otro ojo.
No hay más.

Atrás carcomería
la soledad si hubiera
algo
solo.

No hay más que máscara
y nombre,
carcaza de piel
herida, fría. Corre
a los espejos,
huye despavorida de la succión
sin alma.