
Entonces los huesos
se desprendieron de carne
y los ojos de mirada.
Nada fue
como quisiste.
Nada cierto
sino el dolor.
Lavaste tu boca furiosa
hasta ahogar la enfermedad.
Rehiciste el guión
de días
unipersonales
hasta el continuo
diálogo
interno.
Así
decidiste sobrevivir.
Y fabricaste la máquina
de aplausos
para frenar el instinto
de correr.